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Para seguir trovando

Raza única de artistas, trovadores les llaman y han sobrevivido al embate de las mareas comerciales

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Por Edgar London


El estadio amenaza con estallar. Miles de personas aguardan, expectantes. La comunión de voces dispersas se entrelazan hasta tejer un zumbido gigantesco, comparable apenas con la intensidad de la espera que lo causa.

Alguien se queja de la media hora de retraso. Otro, cerca del escenario improvisado, enciende un cigarro. Es entonces. La ovación unánime delata su arribo, aun cuando sólo se trata, al principio, de una sombra que va ganado espacio sobre la tarima y, luego, justo en el momento que las aclamaciones alcanzan su punto máximo, de un hombre enjuto acompañado por su guitarra.

Siempre resultará un misterio adivinar de qué encanto maravilloso se valen esta clase de seres para, a fuerza de rasgueos y poesía, abarrotar teatros, plazas y estadios.

No son pocos los que aseveran que se trata de una raza única de artistas no menos excepcionales: trovadores les llaman. Yo coincido con ellos.

La Trova (en sus furtivas nominaciones de tradicional, nueva o novísima) ha sobrevivido al embate de mareas comerciales tan cambiantes e impredecibles como el viento mismo que propaga sus notas. No obstante, su modo de ser, intimista y preocupado por la comunicación estrecha con el público, sigue prevaleciendo en los corazones de sus seguidores, incluso hoy, cuando muchos de sus exponentes han apostado por una renovación que acude a la fusión con otros ritmos, en ocasiones lastimosamente, con los acostumbrados visos de un espectáculo al más claro estilo de la música pop o del rock. Tal es el caso de Carlos Varela, representante de la denominada generación de los ochenta o los integrantes del proyecto Habana Abierta, por los recientes noventa, trovadores todos, pero que incorporan nuevas sonoridades a sus conciertos.

Posiblemente sea su carácter incisivo y rebelde ante la sociedad el  eje que mantiene acoplado los distintos modos de trovar en la actualidad con aquellos que lo precedieron en las décadas de los sesenta y setenta. Años convulsos, pletóricos de dictaduras militares y revoluciones en los cuales cada movimiento estudiantil, integrado en su mayoría por jóvenes deseosos de provocar cambios en sus respectivos países, expresaba su inconformidad con el régimen de disímiles maneras: en marchas, publicaciones literarias, obras teatrales y, por supuesto, la música.

No en vano, fue entre balas, manifestaciones de protesta y garrotazos que la trova gozó de mejor audiencia porque siempre ora de manera abierta, ora escondida en las consonancias de los versos, la crítica social se hace latente.

Los jóvenes descubrieron en ella una opción adecuada para canalizar sus preocupaciones, para remover con acentuado lirismo los cimientos de un modelo sociopolítico que consideraban errado o, en caso contrario, para divulgar los despliegues de una revolución en boga. Se renegaba así a su perfil pasivo, incorporando a los sempiternos temas amorosos, característicos de la trova tradicional, otros más agudos y sutiles, aunque no menos poéticos, que rondaban conflictos comunes a los distintos países latinoamericanos. De esta forma, la nueva trova cuando no denuncia: anuncia.

Si bien el movimiento de la Nueva Trova se originó en Cuba (donde llegó a instaurarse cual organización y que no pocos malentendidos trajo a posteriori) no es la trova entendida como concepto un fenómeno artístico privativo de la mayor parte de las Antillas.

Emparentada con la Canción Protesta que tuvo sus mejores defensores en Sudamérica e incluso con la intención renovadora del Tropicalísimo en Brasil, son muchos los nombres que han de encarnar la trova de Latinoamérica. Saltando entre generaciones y países vale mencionar por Chile a las leyendas de Violeta Parra o Víctor Jara, en México a Judith Reyes, en Uruguay a Daniel Viglietti, a la argentina Silvina Tabbush, al brasileño Cateano Veloso, a la peruana Miriam Quiñónez, y otros muchos que llegan hasta nuestros días y que sería imposible enumerar en tan poco espacio.

Desgraciadamente la trova hoy no atraviesa por momentos similares a los de aquella época. Al margen de las distintas consideraciones de fanáticos y entendidos, basta el eterno cuestionamiento sobre su salud para dar clara cuenta de su precario estado actual.

Los requerimientos mercantiles siguen marcando pauta y la imagen de un hombre con una guitarra en un escenario no favorece su promoción.  Por tal motivo debemos confiar en que sus más jóvenes bardos (Liuba María Hevia, Norge Batista, Kelvis Ochoa, Boris Larramendi, Vanito Caballero, William Vivanco, Ihosvany Bernal, por citar algunos) sepan retomar el camino de la guitarra con sus innovaciones y fusiones rítmicas, ahora que, como cantara el propio Silvio Rodríguez: El mundo llena los balcones y  exclama: esta es mi lucha.