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Una palabra 

para salvar a Laura

Se habla de prevenir, pero nunca de aprender a soportar y ésto es un duro castigo para quienes se saben portadores, pues tienen que sufrir la carga de una dura enfermedad además de la hostilidad o indiferencia que se instala en su alrededor


Por Edgar London

Esa es mi propuesta hoy. Encontrar una palabra que consideremos adecuada y aferrarnos a ella para combatir el miedo que nos causa otra palabra atroz: sida. Porque más allá de estadísticas que terminan por confundirnos, de mensajes, carteles, anuncios y consejos que de tanto propagarse vienen a convertirse en algo habitual, desechable, y que se confunde en el entorno diario, debemos aceptar que somos nosotros, los jóvenes, la presa favorita de esta pandemia universal.

Es una triste realidad que no descubrí por cuenta propia. Fue Laura la persona que me lo hizo entender. Confieso: antes de conocerla yo formaba parte de esa masa innumerable y alocada que inunda las calles, deseosa de bailar en una disco, tomarse unos tragos y, si la suerte hace lo suyo, regresar a casa bien acompañado.

Para Laura esa suerte fue quien la condujo una noche cualquiera de manos de un recién conocido hacia una cama, pero luego no se detuvo y la arrastró a la peor tragedia de su vida. No por repetidas, las historias son menos espeluznantes. Quisiera pretender que ficciono, pero la realidad de su existencia me azota fuerte en la cara. Ella está a mi lado mientras escribo y, a la par que inspira, va aprobando cada una de estas líneas.

Ahora, después que ha traspasado la línea de no retorno, se cuestiona en vano por qué tuvo que ser ella y no otra la infectada. Le hago ver que ella misma se ha convertido en la "otra" para quienes se lanzan en una aventura como la suya. No hay necesidad de mentir ni ahogarla con falsas ilusiones. Laura asegura estar consciente de cuál es el final de su historia (que es la historia de otros muchos jóvenes) y sabe que alguna vez, un día primero de diciembre, como ya va siendo costumbre, se pedirá el consabido minuto de silencio en su nombre.

Sin embargo, no es la aceptación de la muerte lo que más difícil torna su existencia diaria sino el cambio operado entre amigos y seres queridos. En su vecindario se nota excluida, marginada, y en su casa es incluso peor, se siente huérfana. Ha perdido el apoyo de quienes usualmente la rodeaban y hacían feliz.

La sociedad ha concentrado tanto sus esfuerzos en anunciar las maneras de evitar el contagio que olvida por momentos a los que ya están infectados. De ahí que se hable tanto de cómo prevenir el sida y tan poco de cómo soportarlo. Es un duro castigo para aquellos que se saben portadores sufrir la doble carga de su enfermedad y la hostilidad o, en el mejor de los casos, la indiferencia que se instala a su alrededor. Especialmente para las mujeres que, biológicamente, son más propensas al contagio, y por lo general, socialmente más activas en comparación con los hombres. Todos ellos son seres humanos (recordémoslo siempre) que han aceptado su destino y subsisten cada día con la añoranza de escuchar al menos una palabra que los convenza de que aún están vivos.

Yo pienso que no es necesario esperar al primero de diciembre para tenerlos presentes y que podemos hacer algo más que llevar un lazo rojo en la solapa para convencerlos de que siguen formando parte de nosotros. Mi apuesta va en forma de una palabra. No una cualquiera sino aquella que habría de ayudar a personas como Laura. Que la hagan sentir a salvo. Tú mismo, que ahora me lees, puedes estar pensando en ella. No importa si un amigo considera alguna otra mejor. Hazla llegar a quienes la necesitan. Todas serán válidas porque cada quien aportará aquella que considere más útil y necesaria. Amistad. Consuelo. Compañía. Esperanza. No la retengas. Es apenas una palabra para ti, pero puede ser amparo para otros. Y sí... ya se estarán preguntando cuál es mi palabra. Pues acá se les dejo: Amor.